lunes, 5 de enero de 2026

El NUEVO FENIX EN LA FROTERA IMPERIAL

El mundo actual se encuentra profundamente impactado por las más recientes acciones imperialistas emprendidas por los Estados Unidos en países como Irak, Irán y, más recientemente, Venezuela. Estas intervenciones no pueden analizarse como hechos aislados, sino como la continuación de una política histórica de dominación y control geopolítico que ha marcado la relación de Estados Unidos con América Latina, el Caribe y otras regiones estratégicas del planeta. Las palabras y acciones del presidente Theodore Roosevelt a inicios del siglo XX cobran hoy una alarmante vigencia. Roosevelt justificó la expansión del poder estadounidense en el Caribe y América Latina bajo el argumento del “peligro de las potencias europeas”, presentándolas como una amenaza a la estabilidad regional y a los intereses de Estados Unidos. De esta visión surgió el Corolario Roosevelt a la Doctrina Monroe, el cual estableció el supuesto derecho de Estados Unidos a intervenir militarmente en los países latinoamericanos como un “policía internacional”, con el pretexto de corregir lo que denominaba “malas conductas crónicas” y evitar la injerencia europea. De este modo, se consolidó una clara esfera de influencia estadounidense, acompañada de la política del “gran garrote”, donde la fuerza militar se convirtió en el principal instrumento de control. Sin embargo, lejos de proteger la estabilidad regional o promover el desarrollo democrático, estas intervenciones han demostrado responder principalmente a intereses económicos, comerciales y estratégicos, especialmente relacionados con el control de recursos naturales, rutas comerciales y mercados. Estados Unidos ha mostrado, en múltiples ocasiones, que su prioridad no es la paz ni el bienestar de los pueblos, sino la promoción de negocios y contratos favorables a grandes corporaciones. En este contexto resulta fundamental recordar la advertencia del presidente Dwight D. Eisenhower en su discurso de despedida de 1961, cuando alertó al pueblo estadounidense sobre el surgimiento de un nuevo “fénix del imperialismo”: el complejo militar-industrial. Eisenhower denunció la peligrosa alianza entre las fuerzas armadas y la industria armamentística privada, advirtiendo que este poder podría adquirir una influencia desmedida sobre las decisiones políticas y poner en riesgo la democracia misma. Su preocupación se centraba en el crecimiento de un aparato militar fuera de control, impulsado por intereses económicos y no por principios éticos o morales. Hoy asistimos a una nueva etapa de ese fenómeno. Este poderoso “monstruo” del imperialismo moderno se muestra cada vez más desprovisto de valores éticos, aferrado exclusivamente a sus intereses económicos y dispuesto a ignorar acuerdos internacionales, tratados y organismos multilaterales. Su principal objetivo es mantener y expandir su hegemonía, alimentando una economía de guerra que garantiza contratos millonarios, acumulación de capital y la continuidad de una estructura de poder al servicio del dominio político y económico, incluso a costa de la vida y el sufrimiento de otros pueblos. Las guerras contemporáneas ya no se libran únicamente por razones ideológicas, sino fundamentalmente por el control de recursos estratégicos y capitales. La guerra se convierte así en un mecanismo para sostener la producción industrial armamentista y mantener en movimiento una economía que depende del conflicto permanente. En este marco, resulta necesario analizar críticamente las declaraciones del expresidente Donald Trump, quien calificó a Venezuela como un “narco-Estado” y un “Estado fallido”, extendiendo acusaciones similares hacia Cuba. Este discurso, cargado de estigmatización política, busca justificar sanciones, bloqueos y posibles intervenciones, sin atender de manera real y responsable los verdaderos problemas de seguridad de la región del Caribe. Llama poderosamente la atención que, al hablar de Estados fallidos, Trump no priorice la grave situación de Haití, un país sumido en una profunda crisis humanitaria, institucional y social, que ni siquiera recibe el trato coherente que correspondería bajo esa misma lógica. Esta omisión evidencia la selectividad política del discurso imperial, donde no se actúa en función de la estabilidad regional ni del bienestar de los pueblos, sino de los intereses estratégicos de Estados Unidos. En conclusión, el imperialismo estadounidense del siglo XXI mantiene las mismas bases que en el pasado: dominación, intervención y control, aunque ahora revestido de nuevos discursos sobre seguridad, narcotráfico o defensa de la democracia. Comprender este proceso es esencial para analizar las tensiones actuales del Caribe y América Latina, regiones que continúan siendo, como señaló Juan Bosch, una auténtica frontera imperial.

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