martes, 28 de julio de 2026

El imperialismo estadounidense en el siglo XXI: continuidad histórica, hegemonía y desafíos para América Latina y el Caribe y el mundo

 

El imperialismo estadounidense en el siglo XXI: continuidad histórica, hegemonía y desafíos para América Latina y el Caribe y el mundo

El mundo contemporáneo observa con creciente preocupación las acciones militares, económicas y diplomáticas emprendidas por los Estados Unidos en diferentes regiones del planeta. Las intervenciones en Irak, las tensiones con Irán y la política de sanciones y presión ejercida sobre Venezuela constituyen algunos de los episodios más recientes de una estrategia internacional que, para numerosos analistas, refleja la continuidad de una política histórica de proyección del poder estadounidense. Estos acontecimientos no deben analizarse como hechos aislados ni como respuestas circunstanciales a conflictos específicos, sino como parte de un proceso de larga duración en el que confluyen intereses geopolíticos, económicos y militares que han definido la política exterior de Estados Unidos desde finales del siglo XIX.

En el caso de América Latina y el Caribe, la historia demuestra que la influencia estadounidense ha estado marcada por una combinación de diplomacia, presión económica e intervenciones militares. Las raíces de esta política pueden encontrarse en la Doctrina Monroe de 1823, sintetizada en la frase "América para los americanos", que inicialmente buscaba impedir nuevas colonizaciones europeas en el continente. Sin embargo, con el paso del tiempo, dicha doctrina evolucionó hasta convertirse en un instrumento de legitimación de la hegemonía estadounidense sobre el hemisferio occidental.

Un momento decisivo en esta evolución fue la presidencia de Theodore Roosevelt (1901-1909). Ante la creciente competencia entre las potencias europeas y los intereses estratégicos de Estados Unidos en el Caribe, Roosevelt formuló en 1904 el denominado Corolario Roosevelt a la Doctrina Monroe. Según esta interpretación, Estados Unidos asumía el supuesto derecho de intervenir en los asuntos internos de los países latinoamericanos cuando considerara que existían situaciones de inestabilidad, incumplimiento financiero o amenazas a sus intereses estratégicos. Bajo esta lógica surgió la llamada política del "Gran Garrote" (Big Stick), resumida en la conocida expresión: "Habla suavemente y lleva un gran garrote; llegarás lejos".

Esta política significó el fortalecimiento del intervencionismo estadounidense mediante ocupaciones militares, imposición de gobiernos favorables a Washington y control de economías nacionales. Países como Cuba, República Dominicana, Haití, Nicaragua y Panamá experimentaron, en distintos momentos del siglo XX, la presencia directa de tropas estadounidenses o una intensa influencia política y económica. Tales intervenciones fueron justificadas oficialmente como mecanismos para garantizar la estabilidad, la democracia o la protección de inversiones extranjeras; sin embargo, diversos estudios históricos sostienen que respondieron principalmente a la necesidad de consolidar una esfera de influencia que asegurara el control de rutas marítimas, mercados, recursos naturales y posiciones estratégicas para la expansión del poder estadounidense.

Con el paso de las décadas, las formas de intervención fueron transformándose, aunque los objetivos fundamentales permanecieron relativamente constantes. La Guerra Fría proporcionó un nuevo argumento para justificar la injerencia en América Latina: la lucha contra el comunismo. Bajo esta narrativa, Estados Unidos apoyó gobiernos autoritarios, financió operaciones encubiertas y respaldó golpes de Estado con el propósito declarado de impedir la expansión de la influencia soviética en el continente. Finalizada la Guerra Fría, nuevos discursos comenzaron a ocupar ese lugar, entre ellos la lucha contra el terrorismo, el combate al narcotráfico, la defensa de los derechos humanos y la promoción de la democracia.

No obstante, numerosos investigadores sostienen que, detrás de estos argumentos, continúan presentes intereses económicos y estratégicos relacionados con el acceso a recursos energéticos, minerales críticos, rutas comerciales, mercados financieros y áreas de influencia geopolítica. En consecuencia, las intervenciones militares, las sanciones económicas y los mecanismos de presión diplomática deben analizarse dentro de un contexto mucho más amplio que incluye la competencia por el liderazgo mundial y la preservación del orden internacional favorable a los intereses estadounidenses.

En este contexto adquiere especial relevancia la advertencia realizada por el presidente Dwight D. Eisenhower durante su discurso de despedida el 17 de enero de 1961. A pesar de haber sido uno de los principales líderes militares de la Segunda Guerra Mundial y posteriormente presidente de Estados Unidos, Eisenhower expresó una profunda preocupación por el crecimiento del denominado "complejo militar-industrial". Señaló que la estrecha relación entre las fuerzas armadas, la industria de defensa y determinados sectores políticos podía generar una influencia desproporcionada sobre las decisiones del Estado.

Eisenhower alertó que ese nuevo poder económico y militar podía condicionar la política exterior del país, favoreciendo decisiones impulsadas más por intereses industriales y financieros que por auténticas necesidades de seguridad nacional. Su advertencia representó una reflexión excepcional dentro del propio liderazgo estadounidense, pues reconocía el riesgo de que la economía comenzara a depender, en gran medida, del mantenimiento de conflictos internacionales y del incremento constante del gasto militar.

Más de seis décadas después, muchos analistas consideran que esa preocupación conserva plena vigencia. El complejo militar-industrial continúa siendo uno de los sectores económicos más poderosos de Estados Unidos, con una enorme capacidad de influencia sobre las políticas públicas y sobre la definición de prioridades en materia de defensa y seguridad. La producción de armamento, los contratos militares multimillonarios, la investigación tecnológica financiada por el Estado y la expansión del mercado internacional de armas constituyen elementos fundamentales de una estructura económica cuya continuidad suele estar asociada a la existencia de escenarios permanentes de tensión internacional.

En consecuencia, diversos autores sostienen que las guerras contemporáneas ya no pueden comprenderse únicamente desde perspectivas ideológicas o políticas. Si bien los factores de seguridad siguen siendo importantes, también desempeñan un papel determinante los intereses vinculados con la producción industrial, el comercio de armamentos, el control de recursos estratégicos, la seguridad energética y la competencia tecnológica entre las grandes potencias. Desde esta perspectiva, el conflicto se convierte no solo en un fenómeno político, sino también en un mecanismo económico que moviliza enormes inversiones y genera importantes beneficios para determinados sectores industriales.

En este escenario internacional también resulta pertinente analizar la política estadounidense hacia Venezuela y Cuba durante la administración del presidente Donald Trump. En reiteradas ocasiones, Trump calificó a Venezuela como un "narco-Estado" y un "Estado fallido", al tiempo que mantuvo una política de fuertes sanciones económicas contra el gobierno venezolano. Asimismo, endureció las medidas contra Cuba, justificándolas en la defensa de la democracia, los derechos humanos y la seguridad regional.

Más allá del debate sobre la situación política interna de ambos países, estas declaraciones han sido interpretadas por diversos sectores académicos como parte de una estrategia discursiva destinada a legitimar mecanismos de presión económica, aislamiento diplomático y eventuales acciones de mayor intensidad. En este contexto, el lenguaje político adquiere una función estratégica, ya que determinadas categorías, como "Estado fallido", "amenaza para la seguridad" o "narco-Estado", pueden contribuir a construir narrativas que faciliten la aceptación internacional de determinadas políticas de intervención o sanción.

Llama particularmente la atención que, bajo esa misma lógica, Haití —país que enfrenta desde hace años una profunda crisis institucional, humanitaria y de seguridad— no haya ocupado un lugar equivalente dentro del discurso político estadounidense. La grave situación haitiana, caracterizada por el colapso de numerosas instituciones públicas, la expansión de grupos armados, la pobreza extrema y la crisis humanitaria, constituye uno de los desafíos más importantes del Caribe contemporáneo. Sin embargo, la diferencia en el tratamiento político de ambos casos ha llevado a numerosos analistas a señalar la existencia de una aplicación selectiva de determinados conceptos y criterios en función de prioridades estratégicas y geopolíticas.

Paralelamente, las reiteradas exhortaciones realizadas por el papa Francisco y continuadas por el papa León XIV en favor del diálogo, la paz, el desarme y la cooperación internacional reflejan una visión distinta del orden mundial. Ambos pontífices han insistido en que los conflictos armados, las sanciones económicas indiscriminadas y la creciente militarización de las relaciones internacionales profundizan el sufrimiento de millones de personas y dificultan la construcción de un desarrollo verdaderamente humano e integral. Sin embargo, para muchos observadores, estos llamados éticos encuentran serias dificultades para influir sobre una dinámica internacional donde predominan intereses económicos, estratégicos y de seguridad.

En este contexto, América Latina y el Caribe continúan ocupando una posición de enorme importancia geopolítica. Sus abundantes recursos naturales, reservas energéticas, biodiversidad, minerales estratégicos y ubicación geográfica convierten a la región en un espacio de permanente interés para las grandes potencias. Esta realidad obliga a comprender los procesos históricos desde una perspectiva amplia, considerando tanto las dinámicas internas de cada país como las relaciones de poder que caracterizan el sistema internacional.

 

sábado, 25 de julio de 2026

Mi madre y yo

Mi madre y yo
 Así comienza mi historia. En junio del año 1964, mi madre tenía 35 años cuando quedó embarazada de quien hoy escribe estas líneas. Fue entonces cuando comenzó la historia de mi madre y yo, una historia de amor, sacrificio y recuerdos que permanecerán conmigo mientras tenga vida. Aquellos fueron tiempos difíciles para la República Dominicana, una nación que atravesaba momentos de incertidumbre y grandes conflictos. Sin embargo, en medio de esas dificultades, una nueva vida crecía en el vientre de una mujer valiente y llena de esperanza. Con el paso de los meses llegó diciembre. El día 29 de ese mes, mi madre cumplió 36 años. Seguramente no imaginaba que el mejor regalo de aquella etapa estaba por llegar. Poco tiempo después, el 14 de febrero de 1965, día de San Valentín, nací yo. A pesar de haber nacido en la fecha dedicada al amor, mi madre decidió llamarme Pedro. Ese nombre me ha acompañado toda la vida y, cuando lo pronunciaba ella, tenía un significado especial que nadie más podía darle. Desde mi nacimiento comenzó un vínculo que solo una madre y un hijo pueden comprender. Vivimos innumerables momentos juntos: días de alegría, de dificultades, de aprendizajes y también de silencios que hablaban por sí solos. Son recuerdos que únicamente mi memoria y mi corazón conocen en toda su profundidad. Hay experiencias que no pueden describirse con palabras, porque pertenecen únicamente a quienes las vivieron. Mi madre fue una mujer fuerte, luchadora y llena de amor. Como toda madre, hizo sacrificios que muchas veces pasaron desapercibidos, pero que con el paso de los años aprendí a valorar. Su ejemplo me enseñó que el verdadero amor no necesita grandes discursos; se demuestra con pequeños actos de cada día, con el trabajo, el esfuerzo, la preocupación constante y la entrega incondicional. Hoy puedo decir, sin temor a equivocarme, que mi madre nunca dejó de reconocerme. Hasta el último día de su vida supo recordar mi nombre. Entre tantos recuerdos que pudo haber perdido con el paso del tiempo, el mío permaneció intacto. Ese detalle, que para muchos podría parecer pequeño, para mí tiene un valor inmenso. Saber que aún podía llamarme "Pedro" es uno de los regalos más grandes que me dejó. Pero llegó el día que jamás hubiera querido vivir. Me llamaste, y no pude acudir a tu llamado. Siempre guardé la esperanza de que regresarías con vida, de que aún habría una oportunidad para volver a escucharte, abrazarte y decirte cuánto te quería. Sin embargo, la realidad fue otra. Llegaste cubierta y fría. Aun así, con todas las fuerzas de mi corazón, me acerqué esperando contemplar una vez más tu rostro. Quería despedirme mirándote a los ojos, como tantas veces lo hice en vida. Pero no fue posible. Cuando intenté verte, alguien volvió a cubrir tu cara. Miré otra vez, pero ya no estabas para mí. La muerte me había arrebatado incluso ese último instante. Me había quitado la oportunidad de grabar en mi memoria tu último rostro. Ese momento quedó marcado para siempre en mi alma. Comprendí que la muerte no solo nos separa físicamente de quienes amamos; también nos roba palabras, abrazos, sonrisas y despedidas que nunca volverán. Sin embargo, hay algo que ni siquiera la muerte puede llevarse: el amor de una madre y el recuerdo que deja en el corazón de un hijo. Hoy, cuando pienso en ti, no quiero quedarme únicamente con el dolor de tu partida. Prefiero recordar tus enseñanzas, tu fortaleza, tus cuidados y el inmenso cariño con el que me acompañaste desde el primer día de mi vida. Cada paso que doy lleva algo de ti. En mi manera de pensar, en mis recuerdos y en mis sentimientos siempre estará presente la mujer que me dio la vida. Mi querida madre, Tomasina, aunque ya no pueda escuchar tu voz ni sentir el calor de tus abrazos, sigues viviendo en cada recuerdo que guardo de ti. Mientras yo tenga memoria, seguirás caminando a mi lado. Nadie podrá borrar el amor que sembraste en mi corazón. Este escrito no pretende decir adiós, porque un hijo nunca se despide del todo de su madre. Es, más bien, un humilde homenaje a la mujer que me dio la vida, me enseñó a enfrentar el mundo y me regaló el privilegio de llamarla mamá. Descansa en paz, querida madre. Tu nombre, tu ejemplo y tu amor vivirán para siempre en mí. Pedro Olivero

lunes, 8 de junio de 2026

La Clases Sociales no se suicidan"

Las clases sociales no se suicidan: una reflexión sobre el magisterio dominicano y la lucha por sus derechos La Etapa 4 del Proceso de Desempeño, correspondiente a la evaluación de diversos actores, debió constituirse en una verdadera prueba de la templanza, la madurez y la conciencia colectiva de los diferentes sectores que conforman el sistema educativo dominicano. Particularmente, el sector magisterial tenía ante sí una oportunidad histórica para enviar un mensaje claro, preciso y contundente sobre la importancia de la unidad, la defensa de los derechos adquiridos y el compromiso con la calidad de la educación pública. El principio de que "las clases sociales no se suicidan" constituye una de las ideas fundamentales del pensamiento de Karl Marx. Esta afirmación sostiene que ninguna clase dominante renuncia voluntariamente a sus privilegios económicos, políticos o sociales, ni adopta medidas que conduzcan a la pérdida de su poder dentro de un sistema determinado. Desde la perspectiva del materialismo histórico, la historia de la humanidad ha estado marcada por la lucha constante entre grupos con intereses contrapuestos, especialmente entre quienes controlan los medios de producción y quienes dependen de su trabajo para subsistir. En el contexto de la República Dominicana, esta reflexión adquiere especial relevancia cuando se analiza la situación del sector magisterial. Los docentes han desempeñado históricamente un papel fundamental en la formación de ciudadanos, en la construcción de valores democráticos y en el desarrollo nacional. Sin embargo, sus reivindicaciones laborales, salariales y profesionales han requerido largos procesos de organización y movilización para alcanzar conquistas significativas. Según la lógica marxista, las clases o grupos que concentran el poder económico y político actúan movidos por un instinto de autopreservación. Esto significa que procuran mantener las condiciones que garantizan sus beneficios y su influencia sobre la sociedad. En consecuencia, las mejoras laborales para los trabajadores, incluidos los maestros, no suelen surgir espontáneamente por la voluntad de quienes ejercen el poder, sino como resultado de procesos de negociación, presión social y organización colectiva. El magisterio dominicano ha sido un ejemplo de esta realidad. A lo largo de las últimas décadas, las organizaciones docentes han impulsado demandas relacionadas con aumentos salariales, mejores condiciones de trabajo, programas de formación continua, acceso a la seguridad social y el cumplimiento de los derechos establecidos en la legislación educativa. Muchas de estas conquistas fueron alcanzadas gracias a la unidad del sector y a su capacidad para defender sus intereses frente a decisiones que podían afectar su bienestar y estabilidad profesional. Otro aspecto importante del pensamiento marxista es el papel del Estado. Marx consideraba que el Estado suele reflejar los intereses de los grupos dominantes de una sociedad. Aunque en las democracias modernas existen mecanismos de participación y representación más amplios, sigue siendo necesario que los diferentes sectores sociales, incluido el magisterio, mantengan una participación activa para garantizar que las políticas públicas respondan a las necesidades de la mayoría de la población y no únicamente a intereses particulares. Es importante aclarar que cuando Marx afirmaba que las clases sociales no se suicidan, utilizaba una expresión metafórica. No se refería al suicidio individual, sino a la imposibilidad de que una élite económica o política adopte voluntariamente medidas que eliminen su posición privilegiada. Por ello, los cambios sociales profundos suelen ser el resultado de la acción organizada de los sectores que buscan transformar las condiciones existentes. En el caso del magisterio dominicano, esta reflexión invita a reconocer la importancia de la organización gremial, la participación democrática y la defensa permanente de la educación pública. Los avances obtenidos por los docentes no han sido producto de concesiones espontáneas, sino del esfuerzo colectivo de miles de educadores comprometidos con la dignificación de su profesión y con la mejora de la calidad educativa del país. En conclusión, el principio de que "las clases sociales no se suicidan" permite comprender que los derechos laborales y sociales rara vez son otorgados de manera voluntaria por quienes ostentan el poder. Para el sector magisterial de la República Dominicana, esta enseñanza resalta la necesidad de fortalecer la unidad, la conciencia profesional y la participación activa en los procesos sociales, con el objetivo de continuar avanzando hacia una educación de mayor calidad y hacia condiciones laborales más justas para todos los docentes.

lunes, 5 de enero de 2026

El NUEVO FENIX EN LA FROTERA IMPERIAL

El mundo actual se encuentra profundamente impactado por las más recientes acciones imperialistas emprendidas por los Estados Unidos en países como Irak, Irán y, más recientemente, Venezuela. Estas intervenciones no pueden analizarse como hechos aislados, sino como la continuación de una política histórica de dominación y control geopolítico que ha marcado la relación de Estados Unidos con América Latina, el Caribe y otras regiones estratégicas del planeta. Las palabras y acciones del presidente Theodore Roosevelt a inicios del siglo XX cobran hoy una alarmante vigencia. Roosevelt justificó la expansión del poder estadounidense en el Caribe y América Latina bajo el argumento del “peligro de las potencias europeas”, presentándolas como una amenaza a la estabilidad regional y a los intereses de Estados Unidos. De esta visión surgió el Corolario Roosevelt a la Doctrina Monroe, el cual estableció el supuesto derecho de Estados Unidos a intervenir militarmente en los países latinoamericanos como un “policía internacional”, con el pretexto de corregir lo que denominaba “malas conductas crónicas” y evitar la injerencia europea. De este modo, se consolidó una clara esfera de influencia estadounidense, acompañada de la política del “gran garrote”, donde la fuerza militar se convirtió en el principal instrumento de control. Sin embargo, lejos de proteger la estabilidad regional o promover el desarrollo democrático, estas intervenciones han demostrado responder principalmente a intereses económicos, comerciales y estratégicos, especialmente relacionados con el control de recursos naturales, rutas comerciales y mercados. Estados Unidos ha mostrado, en múltiples ocasiones, que su prioridad no es la paz ni el bienestar de los pueblos, sino la promoción de negocios y contratos favorables a grandes corporaciones. En este contexto resulta fundamental recordar la advertencia del presidente Dwight D. Eisenhower en su discurso de despedida de 1961, cuando alertó al pueblo estadounidense sobre el surgimiento de un nuevo “fénix del imperialismo”: el complejo militar-industrial. Eisenhower denunció la peligrosa alianza entre las fuerzas armadas y la industria armamentística privada, advirtiendo que este poder podría adquirir una influencia desmedida sobre las decisiones políticas y poner en riesgo la democracia misma. Su preocupación se centraba en el crecimiento de un aparato militar fuera de control, impulsado por intereses económicos y no por principios éticos o morales. Hoy asistimos a una nueva etapa de ese fenómeno. Este poderoso “monstruo” del imperialismo moderno se muestra cada vez más desprovisto de valores éticos, aferrado exclusivamente a sus intereses económicos y dispuesto a ignorar acuerdos internacionales, tratados y organismos multilaterales. Su principal objetivo es mantener y expandir su hegemonía, alimentando una economía de guerra que garantiza contratos millonarios, acumulación de capital y la continuidad de una estructura de poder al servicio del dominio político y económico, incluso a costa de la vida y el sufrimiento de otros pueblos. Las guerras contemporáneas ya no se libran únicamente por razones ideológicas, sino fundamentalmente por el control de recursos estratégicos y capitales. La guerra se convierte así en un mecanismo para sostener la producción industrial armamentista y mantener en movimiento una economía que depende del conflicto permanente. En este marco, resulta necesario analizar críticamente las declaraciones del expresidente Donald Trump, quien calificó a Venezuela como un “narco-Estado” y un “Estado fallido”, extendiendo acusaciones similares hacia Cuba. Este discurso, cargado de estigmatización política, busca justificar sanciones, bloqueos y posibles intervenciones, sin atender de manera real y responsable los verdaderos problemas de seguridad de la región del Caribe. Llama poderosamente la atención que, al hablar de Estados fallidos, Trump no priorice la grave situación de Haití, un país sumido en una profunda crisis humanitaria, institucional y social, que ni siquiera recibe el trato coherente que correspondería bajo esa misma lógica. Esta omisión evidencia la selectividad política del discurso imperial, donde no se actúa en función de la estabilidad regional ni del bienestar de los pueblos, sino de los intereses estratégicos de Estados Unidos. En conclusión, el imperialismo estadounidense del siglo XXI mantiene las mismas bases que en el pasado: dominación, intervención y control, aunque ahora revestido de nuevos discursos sobre seguridad, narcotráfico o defensa de la democracia. Comprender este proceso es esencial para analizar las tensiones actuales del Caribe y América Latina, regiones que continúan siendo, como señaló Juan Bosch, una auténtica frontera imperial.