Así comienza mi historia.
En junio del año 1964, mi madre tenía 35 años cuando quedó embarazada de quien hoy escribe estas líneas. Fue entonces cuando comenzó la historia de mi madre y yo, una historia de amor, sacrificio y recuerdos que permanecerán conmigo mientras tenga vida. Aquellos fueron tiempos difíciles para la República Dominicana, una nación que atravesaba momentos de incertidumbre y grandes conflictos. Sin embargo, en medio de esas dificultades, una nueva vida crecía en el vientre de una mujer valiente y llena de esperanza.
Con el paso de los meses llegó diciembre. El día 29 de ese mes, mi madre cumplió 36 años. Seguramente no imaginaba que el mejor regalo de aquella etapa estaba por llegar. Poco tiempo después, el 14 de febrero de 1965, día de San Valentín, nací yo. A pesar de haber nacido en la fecha dedicada al amor, mi madre decidió llamarme Pedro. Ese nombre me ha acompañado toda la vida y, cuando lo pronunciaba ella, tenía un significado especial que nadie más podía darle.
Desde mi nacimiento comenzó un vínculo que solo una madre y un hijo pueden comprender. Vivimos innumerables momentos juntos: días de alegría, de dificultades, de aprendizajes y también de silencios que hablaban por sí solos. Son recuerdos que únicamente mi memoria y mi corazón conocen en toda su profundidad. Hay experiencias que no pueden describirse con palabras, porque pertenecen únicamente a quienes las vivieron.
Mi madre fue una mujer fuerte, luchadora y llena de amor. Como toda madre, hizo sacrificios que muchas veces pasaron desapercibidos, pero que con el paso de los años aprendí a valorar. Su ejemplo me enseñó que el verdadero amor no necesita grandes discursos; se demuestra con pequeños actos de cada día, con el trabajo, el esfuerzo, la preocupación constante y la entrega incondicional.
Hoy puedo decir, sin temor a equivocarme, que mi madre nunca dejó de reconocerme. Hasta el último día de su vida supo recordar mi nombre. Entre tantos recuerdos que pudo haber perdido con el paso del tiempo, el mío permaneció intacto. Ese detalle, que para muchos podría parecer pequeño, para mí tiene un valor inmenso. Saber que aún podía llamarme "Pedro" es uno de los regalos más grandes que me dejó.
Pero llegó el día que jamás hubiera querido vivir.
Me llamaste, y no pude acudir a tu llamado. Siempre guardé la esperanza de que regresarías con vida, de que aún habría una oportunidad para volver a escucharte, abrazarte y decirte cuánto te quería. Sin embargo, la realidad fue otra.
Llegaste cubierta y fría. Aun así, con todas las fuerzas de mi corazón, me acerqué esperando contemplar una vez más tu rostro. Quería despedirme mirándote a los ojos, como tantas veces lo hice en vida. Pero no fue posible. Cuando intenté verte, alguien volvió a cubrir tu cara. Miré otra vez, pero ya no estabas para mí. La muerte me había arrebatado incluso ese último instante. Me había quitado la oportunidad de grabar en mi memoria tu último rostro.
Ese momento quedó marcado para siempre en mi alma. Comprendí que la muerte no solo nos separa físicamente de quienes amamos; también nos roba palabras, abrazos, sonrisas y despedidas que nunca volverán. Sin embargo, hay algo que ni siquiera la muerte puede llevarse: el amor de una madre y el recuerdo que deja en el corazón de un hijo.
Hoy, cuando pienso en ti, no quiero quedarme únicamente con el dolor de tu partida. Prefiero recordar tus enseñanzas, tu fortaleza, tus cuidados y el inmenso cariño con el que me acompañaste desde el primer día de mi vida. Cada paso que doy lleva algo de ti. En mi manera de pensar, en mis recuerdos y en mis sentimientos siempre estará presente la mujer que me dio la vida.
Mi querida madre, Tomasina, aunque ya no pueda escuchar tu voz ni sentir el calor de tus abrazos, sigues viviendo en cada recuerdo que guardo de ti. Mientras yo tenga memoria, seguirás caminando a mi lado. Nadie podrá borrar el amor que sembraste en mi corazón.
Este escrito no pretende decir adiós, porque un hijo nunca se despide del todo de su madre. Es, más bien, un humilde homenaje a la mujer que me dio la vida, me enseñó a enfrentar el mundo y me regaló el privilegio de llamarla mamá.
Descansa en paz, querida madre. Tu nombre, tu ejemplo y tu amor vivirán para siempre en mí. Pedro Olivero

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